La que escribe para no renunciar a ninguna posibilidad del ser, para sobreponerse a la nada, para comunicar con esos otros mundos que son los Otros, para conectar, para encontrar un cielo común, para hallarse en una calle de la ciudad que sea todas las calles, para aliarse al tiempo, para vencer el sinsentido.
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Presentación
Este escrito nace del agobio por las incertidumbres, y de
la necesidad de alivio. Nace de la presunción de que hay vidas que encuentran
sentido en otro lado que la mente humana, y de que ese sentido no es una
ilusión o una verdad subjetiva, sino algo simple y conectado al Cosmos.
Nace del acecho del misterio de las propias inclinaciones: las noches, los sueños, los bosques; pero también de la proclividad a aceptar, incluso con entusiasmo, lo mezclado, lo contradictorio, la misma incertidumbre, el agobio, las oscuras inclinaciones y la vida cotidiana.
MELISA
Melisa no sabía si le gustaban los pensamientos y sensaciones que se le agolpaban, en esas tardes en las que la pereza la ayudaba a dejar de perder el tiempo; tardes en las que, de hecho, recuperaba el tiempo, porque lo tenía todo consigo, y podía detenerse y hasta juguetear con las aves que venían ligeras a revolotearle en la cabeza.
Y sucedió, un día de la semana pasada, a la hora en que salía a estirar las piernas, enderezar la espalda, beber café, respirar hondo y, con suerte, tomar un poco de sol. Su cuerpo experimentó una necesidad de sacudirse sostenidamente, sensación que no pudo controlar, por la rapidez del movimiento que extrañamente había alcanzado —extrañamente, ya que no era, en los últimos años, muy ágil con su cuerpo: no hacía una buena oscilación de cadera que la pusiera en la categoría de twerkinista o perreadora intensa—. Pero ese día sí, sin darse cuenta, su cuerpo se meneó, se meneó, se meneó… y unas membranas se separaron de su espalda. Y se elevó. Le pareció entonces que perdía el equilibrio y, tratando de recobrarlo, tambaleó de verdad, casi cayendo, pero repuso su vuelo, como si fuese un reflejo. Escuchó un zumbido muy cercano, tras mirar a todos lados ¡¿al tiempo?! se dio cuenta de que era ella la que ¡zumbaba!, mientras… ¡Volaba!, mientras miraba ¡en muchas direcciones, a la vez! ¡Plenitud! Lo más parecido al ser ubicuo que, desde su abismo anhelaba.
Un olor la arrastró sin contar con su voluntad. Su cuerpo obedeció a movimientos instintivos que le nacían del centro del abdomen y la impulsaban a un lugar, a seguir una dirección que, al principio, creía indefinida, pero que tras un vuelo, cesaba el impulso, y entonces lograba comprender: se encontraba sobre muchos pelitos de colores con aromas intensos y que le proporcionaban gran placer.
Sintió hambre, un enorme deseo, y besó el néctar que le era entregado profusamente por ese lugar-ser-magia-color, bebió sedienta y recogió como pudo, adheridos a lo que parecían ser vellitos en sus piernas, unas bolitas coloridas y deliciosas que sabía, con claridad, que debía llevar a sus hermanas. ¡Todo tenía tanto sentido! La movía una inteligencia que no parecía estar en ella, venía de otra parte, no parecía tener adentro la máquina loca e incansable que oscilaba entre una incertidumbre y aquella que constituía su contrario …y aquella de más al centro. No. Todo era certezas, más bien impulsos, claros, incuestionables. Y los resultados: placenteros, satisfactorios. Estaba su placer y unido a este, estaban los Otros, el bien colectivo, el universo entero dependiendo de su contundencia, sin dudas. Estuvo yendo y viniendo un rato, saludando y señalando a otras sus hallazgos, danzando en el viento, creando los climas de su mundo.
Más tarde, su cuerpecito desaceleró su vibración, su energía desbordada. Sintió que sus alitas se plegaron a su cuerpo y se fundieron con este. Tomó de nuevo la forma anterior, que le parecía que no era tan suya como antes de esa tarde, pero aceptó su metamorfosis, aunque extrañaba el contacto cercano con sus hermanas: quería batir sus alas para, junto a las demás, evaporar el agua del néctar que había llevado al lugar de la colonia y transformarlo en el alimento de esas otras, a la vez, sí misma, que estaban formándose en pequeños úteros colectivos. Pero se resignó al sinsentido de su individualidad, fue a la cocina y mientras lavaba los platos, dejó ir su mente, de nuevo a una cosa y su contraria, a sus incertidumbres permanentes, y comprendió en un momento cuál era el placer que sentía al preparar el alimento con el que sostendría el cuerpo de sus acompañantes de la casa humana, comprendió que sostenía también sus almas y quiso seguir cumpliendo también esa tarea.
Lleva ya una semana, una buena parte de una vida zumbante, en la que parece desaparecer cuando sale a tomar café al patio de enfrente, su taza queda por ahí en cualquier parte y las gentes de la casa humana no la ven por un rato. Lleva ya una buena parte de su vida, una semana, tal vez, que sus hermanas deben correrse un poquito para aletear y zumbar cerquita sin ese huequito que queda descubierto, para que el calorcito no se escape; quisieran verla allí, sentirla cerca, saberla unida a ellas siempre, pero saben que cada tanto se la cruzarán en las flores y las corrientes de aire, en la entrada a la colmena y en los paneles de cera. Hasta entonces, la piensan un poquito y le desean buen vuelo. Hoy Melisa, así como acepta que desaparezcan sus alas y se sienta aletargada, goza también de la piel y los olores humanos. Y sí, acepta también, temporalmente, las incesables incertidumbres; acepta que todo le pase, sin tregua: la sabiduría y la locura, la exclusividad y la exclusión, la totalidad y la nada, todo, sin tregua. Acepta, y sabe que, en un rato, o acaso dentro de todo el tiempo que cabe en un instante, confiará en la claridad que le llega de otra parte, su vuelo sin dudas.
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