Ante todo, soy escritora y trasegante de la
vida. Antropóloga de profesión, me encanta realizar talleres para escribir en
conjunto. Reparto mi tiempo entre investigaciones, docencia, edición, trabajo
voluntario, dos hijos, un esposo, una familia extensa, y una buena cantidad de
artículos, cuentos y novelas que escribo.
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EL
ALIVIO DE LA BATALLA
Ahora camina rauda hacia otra
casa, tras de ella un pequeño ejército femenino, una hilera de aprendices
ávidas de escuchar, ver y practicar el conocimiento que ella trasmite. La
conocí en la batalla de la trinchera; mientras yo intentaba dormir tirado en la
arena para ahogar el hambre con los granos de arena como colchón, ella salía y
entraba del terreno, cargada de medicinas y buena disposición. El Profeta de
Dios en persona había ordenado que montáramos una tienda para ella, al igual
que en la batalla de Úhud.
En esa batalla me sentía tranquilo, si nos herían sabíamos que
Rufaida nos cuidaría. Su tienda es como un jardín perfumado con cosas que yo no
entiendo, pero con las cuales ella atrae la salud. En su oasis salubre hay
divisiones, en unos se recuestan los que no tienen más necesidad que respirar y
calmar su ansiedad, en otros los que nerviosos, miran heridas superficiales que
se sanarán con el tiempo, más allá están los que con su sangre tiñen de carmín
la arena del desierto, y al final, los mártires de la batalla, los que respirar
el aire del paraíso desde esta vida.
A ellos los atiende con ternura, con su manto los esconde
del Sol abrazador, y con sus manos les da de beber agua calmante hasta que
llegan los estertores; su rostro velado de mujer ansarí es lo último que ven
antes de encontrarse con el ángel de la muerte, ella los sostiene con la
firmeza de quien trabaja de la mano con la Parca y no le teme.
Ella se esfuerza porque todos los demás encuentren el
alivio a sus heridas, a sus dolores y lesiones. El Profeta le tiene alta
estima, en la batalla de la trinchera trabajó con todos nosotros y sus
esfuerzos también contaron para defender nuestra bella Medina. Ella recibió el
botín merecido por la victoria, tal como los soldados que habían corrido al
encuentro con el enemigo, y esta decisión de nuestro amado mensajero levantó el
revuelo de las palabras desagradables, susurraban que una mujer no merecía el
botín como si fuera en primera fila de la batalla, mencionaban que su trabajo
solo era ayudar, parloteaban que era una recompensa poco merecida.
Yo no lo creo así, yo la vi sudar por cerrar heridas y
reducir dolor, vi cómo el agua se mezclaba con la sangre y fluía desde su
tienda hacia afuera como hilos sutiles de los que ella usa para coser. La vi
dirigir a todas las mujeres que ayudaban a los combatientes con la diligencia y
presteza de un general. ¿Acaso Nusaiba no tenía también su recompensa? Todas
las mujeres en el campo de batalla la merecían.
Dicen que su arte lo aprendió con su padre, dicen que
superó a su padre, es verdad. En la ciudad enseña a la sabia Aisha a cuidar
enfermos y curar enfermedades, en las afueras visita a los pobres y se encarga
de ayudar a los huérfanos y los necesitados, bajo su refugio quienes sufren
encuentran alivio.
Ella, conocedora de su oficio como ninguna otra en nuestra
Medina, llegó para aliviar nuestras dolencias. La llaman la primera cirujana,
la llaman trabajadora social, o enfermera, ella hace oídos sordos a como la
llaman y sigue diligente, con su pequeño ejército de aprendices. Hija de Banu
Aslam, ella es Rufaida.
UNA HERIDA PERDURABLE
La herida perdurable de Nusaiba convoca a Rufaida junto con sus más avezadas aprendizas, ellas entran apresuradas a la casa del Escudo del Profeta, y todos sabemos a qué se debe.
En Uhud la derrota había sido sellada, la avaricia de los
arqueros musulmanes los impulsó a abandonar su puesto en busca del botín, y la
codicia fue el mejor apoyo de los Kuraish. Los musulmanes tuvieron que huir
para preservar su vida, mientras los mecanos los perseguían, el grupo de
guerreros de elite persiguió al Profeta de Dios hasta la cima de la montaña de
Uhud donde los sajabas más cercanos lo protegían.
Entre ellas, con la presteza de quien cree en Al-lah
y el Dia del Juicio, Nusaiba defendía al Mensajero de Dios. Entonces vieron al
enemigo Ibnu Qamia que se dirigía hacia ella, tal vez pensó que por ser mujer
sería el punto débil del escudo humano que protegía a Mujámmad.
Al ver a su enemigo ella entendió su intención, pero solo
muerta dejaría un espacio donde los enemigos encontraran vía hacia el Profeta de
Dios. Le dijo al Mensajero: “Mensajero de Al-lah, suplica para que
Al-lah nos haga tus compañeros en el paraíso”, él respondió: “ Al-lah, hazlos
mis compañeros en el Paraíso”, ella le dijo: “después de esto, no me importa lo
que suceda” y con esas palabras, espada en mano, fue al encuentro con de su
enemigo.
Lucharon uno a uno, él, entrenado desde la infancia como
cualquier niño de Meca, ella con la intención y la ferocidad de quien defiende
una causa justa, con lo poco que sabía por su crianza en Medina, luego de un
tiempo corto, él, temible, gigante, le apuntaló una herida hueca en la base de
su cuello.
Nusaiba no ganó la batalla contra el temible enemigo de los
creyentes, lo que si ganó fue el tiempo suficiente para que más musulmanes
llegaran a pelear lado a lado junto al Profeta, cuando Ibnu Qaima dejó a
Nusaiba sangrante y quiso llegar al Mensajero su escudo se había fortalecido
con los brazos de un contingente que logró repeler a esa elite de mecanos que
buscaban la muerte del líder de nuestra bella Medina.
Nusaiba no murió, de hecho, ganó una medalla por esa
batalla memorable que la convirtió en El Escudo del Profeta, y en la más fiera
guerrera del ejército de Medina, pero la herida que el infame le causó nunca ha
curado, apenas se cierra lo suficiente para no desangrarla, y el dolor que debe
soportar es perene.
Rufaida, su hermana en el amor hacia el Profeta, busca
constantemente nuevos remedios que le permitan aliviar ese suplicio, y cada vez
que entra a su casa, sabemos que está curándola, intentando una y otra vez, tan
incansable como saben ser las sajabinas.
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