Relatos de un creyente. Karonlains Alarcon Forero

 Ante todo, soy escritora y trasegante de la vida. Antropóloga de profesión, me encanta realizar talleres para escribir en conjunto. Reparto mi tiempo entre investigaciones, docencia, edición, trabajo voluntario, dos hijos, un esposo, una familia extensa, y una buena cantidad de artículos, cuentos y novelas que escribo.

Facebook KaronlainsEscritora 

Instagram @Karonlainsescritora  

http://karonlains.blogspot.com/ 

EL ALIVIO DE LA BATALLA

 

Ahora camina rauda hacia otra casa, tras de ella un pequeño ejército femenino, una hilera de aprendices ávidas de escuchar, ver y practicar el conocimiento que ella trasmite. La conocí en la batalla de la trinchera; mientras yo intentaba dormir tirado en la arena para ahogar el hambre con los granos de arena como colchón, ella salía y entraba del terreno, cargada de medicinas y buena disposición. El Profeta de Dios en persona había ordenado que montáramos una tienda para ella, al igual que en la batalla de Úhud.

En esa batalla me sentía tranquilo, si nos herían sabíamos que Rufaida nos cuidaría. Su tienda es como un jardín perfumado con cosas que yo no entiendo, pero con las cuales ella atrae la salud. En su oasis salubre hay divisiones, en unos se recuestan los que no tienen más necesidad que respirar y calmar su ansiedad, en otros los que nerviosos, miran heridas superficiales que se sanarán con el tiempo, más allá están los que con su sangre tiñen de carmín la arena del desierto, y al final, los mártires de la batalla, los que respirar el aire del paraíso desde esta vida. 

A ellos los atiende con ternura, con su manto los esconde del Sol abrazador, y con sus manos les da de beber agua calmante hasta que llegan los estertores; su rostro velado de mujer ansarí es lo último que ven antes de encontrarse con el ángel de la muerte, ella los sostiene con la firmeza de quien trabaja de la mano con la Parca y no le teme.

Ella se esfuerza porque todos los demás encuentren el alivio a sus heridas, a sus dolores y lesiones. El Profeta le tiene alta estima, en la batalla de la trinchera trabajó con todos nosotros y sus esfuerzos también contaron para defender nuestra bella Medina. Ella recibió el botín merecido por la victoria, tal como los soldados que habían corrido al encuentro con el enemigo, y esta decisión de nuestro amado mensajero levantó el revuelo de las palabras desagradables, susurraban que una mujer no merecía el botín como si fuera en primera fila de la batalla, mencionaban que su trabajo solo era ayudar, parloteaban que era una recompensa poco merecida. 

Yo no lo creo así, yo la vi sudar por cerrar heridas y reducir dolor, vi cómo el agua se mezclaba con la sangre y fluía desde su tienda hacia afuera como hilos sutiles de los que ella usa para coser. La vi dirigir a todas las mujeres que ayudaban a los combatientes con la diligencia y presteza de un general. ¿Acaso Nusaiba no tenía también su recompensa? Todas las mujeres en el campo de batalla la merecían. 

Dicen que su arte lo aprendió con su padre, dicen que superó a su padre, es verdad. En la ciudad enseña a la sabia Aisha a cuidar enfermos y curar enfermedades, en las afueras visita a los pobres y se encarga de ayudar a los huérfanos y los necesitados, bajo su refugio quienes sufren encuentran alivio.

Ella, conocedora de su oficio como ninguna otra en nuestra Medina, llegó para aliviar nuestras dolencias. La llaman la primera cirujana, la llaman trabajadora social, o enfermera, ella hace oídos sordos a como la llaman y sigue diligente, con su pequeño ejército de aprendices. Hija de Banu Aslam, ella es Rufaida.



UNA HERIDA PERDURABLE 

La herida perdurable de Nusaiba convoca a Rufaida junto con sus más avezadas aprendizas, ellas entran apresuradas a la casa del Escudo del Profeta, y todos sabemos a qué se debe.

En Uhud la derrota había sido sellada, la avaricia de los arqueros musulmanes los impulsó a abandonar su puesto en busca del botín, y la codicia fue el mejor apoyo de los Kuraish. Los musulmanes tuvieron que huir para preservar su vida, mientras los mecanos los perseguían, el grupo de guerreros de elite persiguió al Profeta de Dios hasta la cima de la montaña de Uhud donde los sajabas más cercanos lo protegían. 

Entre ellas, con la presteza de quien cree en  Al-lah y el Dia del Juicio, Nusaiba defendía al Mensajero de Dios. Entonces vieron al enemigo Ibnu Qamia que se dirigía hacia ella, tal vez pensó que por ser mujer sería el punto débil del escudo humano que protegía a Mujámmad. 

Al ver a su enemigo ella entendió su intención, pero solo muerta dejaría un espacio donde los enemigos encontraran vía hacia el Profeta de Dios. Le dijo al Mensajero: “Mensajero de  Al-lah, suplica para que  Al-lah nos haga tus compañeros en el paraíso”, él respondió: “ Al-lah, hazlos mis compañeros en el Paraíso”, ella le dijo: “después de esto, no me importa lo que suceda” y con esas palabras, espada en mano, fue al encuentro con de su enemigo. 

Lucharon uno a uno, él, entrenado desde la infancia como cualquier niño de Meca, ella con la intención y la ferocidad de quien defiende una causa justa, con lo poco que sabía por su crianza en Medina, luego de un tiempo corto, él, temible, gigante, le apuntaló una herida hueca en la base de su cuello. 

Nusaiba no ganó la batalla contra el temible enemigo de los creyentes, lo que si ganó fue el tiempo suficiente para que más musulmanes llegaran a pelear lado a lado junto al Profeta, cuando Ibnu Qaima dejó a Nusaiba sangrante y quiso llegar al Mensajero su escudo se había fortalecido con los brazos de un contingente que logró repeler a esa elite de mecanos que buscaban la muerte del líder de nuestra bella Medina. 

Nusaiba no murió, de hecho, ganó una medalla por esa batalla memorable que la convirtió en El Escudo del Profeta, y en la más fiera guerrera del ejército de Medina, pero la herida que el infame le causó nunca ha curado, apenas se cierra lo suficiente para no desangrarla, y el dolor que debe soportar es perene. 

Rufaida, su hermana en el amor hacia el Profeta, busca constantemente nuevos remedios que le permitan aliviar ese suplicio, y cada vez que entra a su casa, sabemos que está curándola, intentando una y otra vez, tan incansable como saben ser las sajabinas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Mis escritos. Carolina Bejarano.

 ¿POR QUÉ ME GUSTA ESCRIBIR?  Escribir es la forma más sutil que puede utilizar para expresar mis sentimientos y mis pensamientos de todo aq...