Un regalo de cumpleaños zombie. Luz Miryam Vallejo

Soy Luz Miryam Vallejo nacida un tres de enero de 1978 en Villahermosa (Tolima), a los cuatro años después de la muerte de mi padre me llevaron a un hermoso pueblo llamado Santa Isabel donde estuve hasta mis catorce años, luego emigré a la ciudad de Bogotá donde he vivido el resto de mi vida.
Estudie un tecnólogo en Gestión Hotelera y un técnico en auxiliar de enfermería, en este momento me desempeño como asistente operativa en la Fundación Cultural Máktaba, la cual me ha dado oportunidad para desarrollar talentos y habilidades. 

Presentación

El desarrollo de este texto nace de una experiencia que viví hace unos años en las afueras de un pueblo en mi bella Colombia, allí hice parte de la búsqueda y hallazgo de Don Ramón, un señor que duró muchos días desaparecido. 
Su búsqueda fue toda una travesía, ya que nunca imaginamos por todo lo que tuvo que pasar Don Ramón en sus últimos días.
Esta experiencia fue a su vez gracias a un taller que realicé llamado Taller de Mujeres en Creación Colectiva dirigido por Karonlains Alarcón Forero a quien agradezco por dejarme plasmar mis letras. 

Muchas veces nos preguntan qué haríamos en una situación cualquiera, tal vez tenemos una respuesta, pero realmente no lo sabremos a ciencia cierta, sino hasta cuando lo vivimos. 
Yo nunca imaginé que fuera capaz de hacer algo así, pero sí sé que esta experiencia me dejó una profunda satisfacción por haber ayudado a alguien que ni siquiera conocía, y al mismo tiempo me ayudó a conocer la gran persona que soy.

 UN REGALO DE CUMPLEAÑOS ZOMBIE

Una tarde sentada en un parque comiendo helado con Íngrid, una gran compañera, y charlando de todo un poco, tocamos el tema de la muerte, que a muchas personas les da miedo hablar. Recordé una experiencia que viví hace unos años y comencé charlar con ella. 

Aquí comienza la travesía. 

Un tres de enero mis primas hermanas me regalaron un viaje de cumpleaños a sema Boyacá, a la finca de una familiar y yo muy emocionada, pero al mismo tiempo con el corazón arrugado por dejar sola a mi muñeca decidí emprender el viaje, sin saber todo lo que estaba a punto de suceder. Después de un largo camino llegamos, conversamos mucho y luego de ser muy bien atendidas llegó al tema la ausencia de don Ramón, un señor muy entrado en años que se encargaba de las labores de la finca de mi prima, él llevaba muchos días perdido, pero nadie lo había buscado, se esperaba que llegara de la nada, al ver que no sucedía nos unimos un grupo pequeño de personas que estábamos ahí y fuimos a buscarlo.

    Nos dirigimos a la casa de don Ramón que quedaba como a una hora caminando, finalmente llegamos, era una casa muy humilde y muy dejada. Lo primero que vimos fue dos perritos amarrados, sin comida, sin agua y muy flacos, con un llanto desesperado avisando que algo malo pasaba, los soltamos, les dimos agua y buscamos que darles de comer, solo encontramos dos galletas de chocolate muy tiesas las cuales se devoraron en segundos. Después de esto decidimos abrir la puerta principal, esa puerta que nos producía curiosidad y miedo al mismo tiempo, porque no sabíamos que nos podíamos encontrar allá adentro, después de varios intentos quedó al descubierto una aterradora imagen, que aún tengo en mi memoria. 

    Ahí estaba él, don Ramón, tirado en el piso con su cabeza bajo la cama y sus pies algo doblados, quizás el último día que llegó a dormir estaba muy borracho, y al tratar de acostarse se cayó y se golpeó tan fuerte que su cuerpo no resistió. Cerramos la puerta y llamamos a la policía, llegaron con una doctora, quien aseguró que don Ramón, llevaba dos días muerto, pero todos supimos que no era así, después debimos llamar a la funeraria y enviaron a don Jesús con un ataúd, él solito debía hacer el levantamiento porque en ese pueblo no había nadie más quien lo hiciera, ¡increíble pero cierto!

    Don Jesús ingresó al pequeño cuarto y al ver esa imagen tan aterradora, se llevó las manos a su cabeza sin saber qué hacer, estaba solo con un cuerpo tieso, el cual no podía mover, fue en ese mismo momento cuando se paró frente de todos y lanzó una fuerte pregunta: ¿alguien me puede ayudar? Pero lo único que le respondió fue un gran silencio, todos nos miramos sin saber que hacer, cuando de la nada se escuchó una voz que dijo: don Jesús, yo lo ayudo. ¡Era yo! Esa persona que le aterraba acercarse a un muerto, yo, ese día no sé qué sucedió, tal vez estaba en shock, o algo. Nunca lo sabré.

    Don Jesús y yo nos colocamos guantes, pero ¡oh sorpresa! No teníamos tapabocas, entonces cogimos unas telas nuevas con las cuales se iba a envolver el cuerpo e hicimos tapabocas para los dos, y llego la hora. ¡DIOS MÍO!, dije y me santigüé, vamos don Jesús. Teníamos que levantar el cuerpo del piso, yo lo agarré de los pies, él de la cabeza, y después de ponerlo ya en la cama, me llenó un fuerte sentimiento y unas lágrimas, al ver que en lugar de sus ojitos y su nariz solo tenía gusanos. Fue cuando supimos que llevaba más de ocho días muerto, y no dos, como dijo la supuesta doctora.

    Nuevamente surgió un problema, no podíamos asearlo en una cama sucia y llena de gusanos, así que nos tocó llevarlo al patio, encima del pasto. Don Jesús se dirigió a su carro y trajo un tarro amarillo con una manguera muy larga, era formol, después de colocarla en la vena aorta de don Ramón y conectarlo con el tarro empezamos a echar todo el líquido dentro de su cuerpo. Parecía que en lugar de matar los gusanos los estábamos alimentando, nos tocó tapar todos los orificios con algodón y mucho límpido para detener la salida de estos animalitos dementes. Luego, le quitamos toda la ropa y lo bañamos, a punta de agua traída en un balde y con una coca, yo lo estregaba suavemente con cuidado de no desmembrar su piel, imaginando que podía ser alguien de mi familia, que por más errores o cosas que haya hecho en su vida, y aunque su muerte fue muy trágica, merecía un trato digno.

    Después de dejarlo limpio lo vestimos con un traje bonito, y lo colocamos en el ataúd. Don Jesús, con ayuda de otras personas, cargaron el cajón por una trocha hasta llegar al carro donde lo llevarían a la funeraria. Yo en cambio, regresé a casa de mi prima donde me bañé y me hicieron botar la ropa que llevaba puesta, me cambié por ropa limpia e hicieron una fogata con eucalipto, yo giré alrededor de ella dizque para sacarme el frío del muerto.

    Empecé a temblar y a llorar mucho, no podía creer todo lo que había pasado, y en medio del llanto una voz me decía: Nunca vas a olvidar lo que hiciste por don Ramón. Esas palabras me ayudaron a ver lo fuerte que fui en ese momento.

    Finalmente lo llevaron a la funeraria, estuve ahí, sin embargo, no fui capaz de verlo otra vez, aunque en mis sueños si lo vi unas tres veces. Así fue como un viaje de cumpleaños se convirtió en una gran experiencia de vida.

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Mis escritos. Carolina Bejarano.

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