Enhebro hilos y también pensamientos. Tejo y destejo recuerdos. Artesana, lectora y escritora. Cuando no es la hoja y el esfero, es la madeja y la aguja, duplas cómplices de dar vida y forma a los sentires que recorren mi cuerpo, se posan en la mente y piden a las manos materializarlos. También recorro espacios naturales para admirar la biodiversidad que habita en ellos y así revitalizarme.
Entre
hilos y palabras fui construyendo un camino lleno de aprendizajes a partir de
procesos sociales, artísticos y culturales. Un sendero que podrán conocer y
recorrer en Instagram y Facebook @semilla.littera
Mi cuerpo
Estas experiencias son reflexiones del servicio que me han dado en las consultas médicas, las describo a partir de entradas de diario pues son la posibilidad de hablar desde lo íntimo. Historias que se enlazan entre sí, ya que con el tiempo el hilo del sistema de salud ha ido tejiendo la sensación de una institución carente de herramientas de un buen trato humano a sus usuarias. Fechas distantes entre sí, conectadas por la frustración de la falta de diálogo, sino una consulta de contados minutos con el personal. Es frustrante no poder hablar abierta y sinceramente de lo que le ocurre a mi cuerpo, un cuerpo femenino atravesado por unas dinámicas sociales y culturales que de diversas maneras violenta y alimenta el silencio.
2 de septiembre de 2022
9:30 p.m. Una hora en que se empieza a sentir la
tranquilidad de la noche cuando no está de rumba alguna de las casas de la
cuadra. Un silencio que permite sumergirme en la intimidad de mis pensamientos,
imaginar, reírme con algunos recuerdos, mientras miro las mandalas que hace
unos años hice y colgué en el techo de mi habitación. Tomo el celular y empiezo
a recorrer la carpeta de imágenes para eliminar lo que se va acumulando a
diario. Encuentro una foto, es la reserva El Delirio, la que queda en la zona
rural de San Cristóbal sur, ¡cómo olvidarla! No solo por la belleza que aún se
logra conservar, sino por la mordida del perro.
Me preguntaron cómo me sentía, les dije que bien,
que solo había sido el susto. Avanzamos hasta llegar a la casa donde se
registra el ingreso, le contamos lo sucedido a la señora que nos recibió, pues
los perros eran de su propiedad. Me comenzó a arder la zona mordida, me subí el
pantalón: el perro me había clavado sus colmillos, estaba sangrando.
Con un botiquín me hicieron una limpieza rápida.
Podía devolverme o seguir, apenas estaba empezando el recorrido. Decidí
continuar pues era la primera vez que iba y no quería perderme la oportunidad.
Avance en el camino cojeando y sintiendo el ardor. Al culminar la caminata me
fui a urgencias, ¡tardé como tres horas para que me atendieran! Cuando por fin
lo hicieron, me recibió una chica joven, me preguntó el motivo de urgencia, le
comenté que me había mordido un perro, que según sus dueños estaba vacunado
contra la rabia, pero igual quería que me revisaran para garantizar que no
tuviese ninguna infección y procurar una sana cicatrización.
Fueron diez minutos de atención, tres horas
esperando para eso, y la mayor parte del tiempo fue para tomarme los datos, a
duras penas me miró la pantorrilla, me dio una prescripción para medicinas y
salí. Me dirigí a farmacia y ninguno de los medicamentos estaba
disponible.
Sí me quedó cicatriz, para cubrirla dos años
después me mandé a tatuar un insecto sobre una flor, en honor a la naturaleza
que admiro y no dejaré de recorrer.
6 de septiembre de 2022
La silla de metal suena en cuanto me siento. Son las 7:30 a.m. y espero a que me llamen. Intento concentrarme en el cuento que estoy leyendo. La luz es escasa. Las personas suben y bajan las escaleras. Se sientan, se levantan. Entran al baño, confunden los interruptores y apagan la luz de la sala. La prendo de nuevo. Las doctoras van llamando a su siguiente paciente. Xiomara León. Ingreso al consultorio. Siéntese. A qué se dedica, edad, dirección, ¿planifica?, cuántos compañeros sexuales ha tenido, ¿hijos?… No ha terminado de hacerme una pregunta cuando me lanza la siguiente. Me sorprende que no haya hecho pausa para tomar aire, como máquina de atención al usuario me dice lo que vamos a hacer. Me pasa una hoja y un esfero, es el consentimiento informado que debo firmar. Me indica que ingrese al baño, me coloque la bata y cuando esté lista le avise. Me estoy cambiando y escucho: ¿listo, Xiomara? Me pongo la bata rápidamente, salgo y me acuesto en la camilla.
Cada año el procedimiento es molesto. Es molesto desnudarme de la cintura para abajo y acostarme en una camilla. Es molesto que me digan que baje más, que abra más las piernas. Es molesto abrirme de piernas y que me introduzcan un aparato plástico. Es molesto sentir que el espéculo entra, algo moviéndose dentro de mí y sale. A eso se le suma la frialdad con la que me atiende la doctora. Así como me habló así mismo me tomó la muestra: rápido. Entro al baño, me cambio y salgo. Ella ya estaba atendiendo a la siguiente, ni siquiera esperó a que me fuera.
Siempre que pido una cita médica, en especial de
medicina general y citología, solicito que sea una doctora quien me atienda,
esperando que la condición de género permita un grado de confianza en la
consulta. Es claro que estar entre mujeres no garantiza un buen trato. Es claro
que al personal de salud le urge una sensibilización respecto a la labor que
realizan. Es claro que atienden un sinnúmero de personas, que las dinámicas
diarias en los hospitales pueden ser agotadoras, pero no por eso deben olvidar
que están tratando con seres sintientes. Hay trabajadores que hacen de la
visita a estos lugares una experiencia no deseada, una sensación no solo
desagradable sino interiorizada.
8 de septiembre de 2022
Ingreso al hospital. Buenos días, me podría
indicar dónde encuentro a la doctora Barbosa, por favor. Siguiendo las
señas llego al consultorio. Me siento en la sala de espera. 6:45 a.m. Llaman
dos veces a una paciente. No llegó. La siguiente en lista: Xiomara León.
Entro al consultorio. La doctora Barbosa me da los buenos días, me pregunta cómo
me encuentro y me describe lo que vamos a realizar: pruebas rápidas de VIH,
Hepatitis B y Sífilis. Con una aguja me pincha el dedo índice de la mano
derecha y comienza a apretarlo para que salga sangre y caiga en un pequeño
espacio circular dentro de una tira reactiva. Una gota para cada muestra. Luego
aplica un líquido.
Mientras pasan los quince minutos para conocer los
resultados, ella me toma los datos. ¿Desconfía de su última pareja
sexual? Afirmo con la cabeza. Sentada al borde de la silla, pienso ¿y
si alguna de estas pruebas resulta positiva? Le hago preguntas
respecto a la confiabilidad de estas pruebas, su margen de error. Me dice que
en el caso de que alguna salga positiva deberé de hacerme una segunda prueba
para confirmar el diagnóstico. Más que una consulta fue una conversación. Las
tiras arrojaron el resultado: negativo en las tres pruebas. Los nervios se
disipan. Me da recomendaciones para seguir cuidando mi sexualidad. Me despide
calurosamente.
19 de septiembre de 2022
Llego al hospital. En la entrada pregunto dónde
reclamo los resultados de una citología. En la mitad del pasillo al
fondo, en estadística, me dice amablemente la auxiliar. Le doy la orden al
encargado, me la recibe de manera osca, busca en una carpeta, me pide firmar y
me da un papel doblado. Subo al segundo piso y me siento en una silla metálica.
Pienso en que al llegar a casa debo llamar para pedir cita de
dermatología, ¿será que esta vez sí habrá agenda? Cada vez son
diez o quince minutos tecleando las opciones que da la operadora y al final la
misma respuesta: no hay agenda disponible.
Recuerdo la última vez que estuve con un
dermatólogo. Hace unos años y por primera vez ingresé al Hospital San Juan de
Dios, pasé por facturación y me indicaron el consultorio, llegué, el doctor me
invitó a seguir, hizo algunas preguntas y la asistente tomaba nota en el
computador. Él me pidió ir al baño, quitarme la chaqueta y la blusa y salir en
brasier para mirar el pecho. Lo hice, al salir el doctor estaba rodeado de
cuatro o cinco estudiantes universitarios, de la impresión ni los conté. Me
pidió acercarme, señalaba mi pecho al tiempo que comentaba lo que yo tenía. La
parte superior de mi cuerpo fue el tablero con el cual el profesor dio clase a
sus practicantes señalando el acné con un pequeño metal delgado.
9:00 a.m., me llaman, me levanto y me dirijo al consultorio de la doctora Diana Olmos. Entro, la doctora me saluda y me pregunta el motivo de la consulta. Lectura de exámenes, le contesto. Revisa la hoja de la citología: satisfactoria.
22 de septiembre de 2022
8:00 a.m., ingreso al hospital, pido un turno para
farmacia, la máquina me asigna el F08. Me asomo a la ventanilla, no hay nadie
haciendo fila y tampoco aparece turno en la pantalla. Veo la gente sentada, la
que está de pie, la que va de un lado para otro en el reducido pasillo, todo se
mueve menos los números en pantalla. Luego de una espera impaciente, F08. Me
acerco a la ventanilla, entrego la orden, ella se dirige a un cajón, saca unos
sobres de cartón, me pide firmar y dice la primera semana de octubre
reclama la otra mitad. Pienso que ahora que no los necesito, pues ando con
las piernas bien cerradas, me sobran, y cuando debí usarlos, ahí sí no los tuve
en cuenta. Los condones, esos que no utilicé, después de un mes de atraso la
incertidumbre me jugaba una mala pasada, ¿y si estoy embaraza?
Por esos días me llamaron para una entrevista de
trabajo, mi inquietud aumentó aún más: ¿y qué tal pase y yo esté
embarazada? Era un viernes cuando me dieron las indicaciones para la
entrevista al siguiente lunes. El fin de semana mi mente estuvo muy inquieta
contemplando la posibilidad de la maternidad. Hablé con mi pareja y quedamos en
hacer la prueba de sangre el lunes temprano antes de irme a la entrevista. Él
tenía horarios rotativos en su trabajo, el domingo le tocó en la noche entonces
a las 5:00 a.m. del lunes salió para el Policlínico del Olaya y pidió el turno
mientras yo llegaba. Subimos las escaleras, esperé a que me llamaran, entré y
ahí estaba la aguja aguardándome. Regrese en dos horas, me dijo la
enfermera.
Mi pareja y yo nos quedamos en la sala de espera,
él intentando no caer vencido por el sueño y yo lidiando con la zozobra. Miraba
y miraba el reloj, ¡qué manera de hacerse el tiempo tan eterno cuando la duda
envuelve y maquinea la mente! Por fin, a las dos horas fui a la ventanilla,
entregué la orden del examen y recibí una hoja doblada. Me acerqué a mi pareja,
a ambos nos invadía una mezcla de sensaciones al contemplar las posibilidades
del resultado. Bajamos al primer piso y solo al cruzar la puerta que conduce a
la calle me atreví a desdoblar el papel. Nos miramos y sin decirlo en nuestros
rostros se reflejaba un alivio al leer negativo.
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